A partir del barro modelo esculturas, proceso que experimento como un momento para elaborar ideas y emociones, proceso mediante el cual me construyo. Es la manera que he elegido para hacerme y deshacerme, perderme y encontrarme, esconderme y descubrirme, definirme y desdecirme todas las veces que hagan falta.

Te propongo una forma redonda, convexa, como tu hombro, como la luna. Te propongo líneas que definen planos, trayectos que desaparecen, como ese hueso que se esconde debajo del músculo, como el río que desemboca en el mar. Te propongo orificios, aberturas vitales, como tu boca que ingiere, como el volcán que libera. Te propongo un interior vacío, como tu tráquea que respira, como el silencio de una conversación.

Te propongo formas pequeñas, como un susurro, te propongo formas grandes, tanto como un abrazo. Te propongo formas livianas, como hablar de la sensualidad de un pomelo, te propongo formas pesadas, como sentir que eres insuficiente. Te propongo las imágenes que tengo adentro y que construyo desde los recuerdos y vivencias de sentir mi cuerpo, de mi relación con el otro, de mi vínculo con la naturaleza, de sentirme siempre en movimiento.

Del barro podría escribir incontables palabras. Mineral que gesta el planeta durante millones de años. Materia celosa y posesiva determinada por la humedad que retiene y pierde. El tiempo siempre es el suyo. Materia blanda y en caos, carente de forma, plástica, con memoria, recibe la figura y los ademanes de un otro. Podría escribir también del barro, que es materia que resiste la acción del fuego, materia que permanece ante el impulso humano de hacer arder sus propias construcciones, continentes de afectos que sobreviven incendios.

Del barro, sin embargo, no podría escribir nada, mi cuerpo le guarda todos sus secretos, se los oculta al lenguaje y al pensamiento, alojados en mi piel, músculos y huesos.